8º Concurso de Relatos Breves de Mujeres
“Paraules d’Adriana”.

Primer Premio en la Categoría General

CIOD. Centre d’informació i orientació de la Dona.
Ajuntament de Sant Adrià de Besòs, 2007

 

amadoprincipe

Cada noche se peinaba frente al espejo, meticulosamente. Imaginaba que trenzaba su cabello en dos y anudaba sendos lazos de seda, blancos unas veces, rojos otras. Se preparaba para esperarlo en sueños. Eso era lo que le habían dicho. Las chicas se preparan, ya desde niñas, para esperar a su príncipe. Lo había oído en el colegio y también en las fantásticas películas en las que cabalgaba durante horas, lejos de si misma y de esa vida extraña que la envolvía. Lo curioso del caso es que el suyo no era de color azul, o quizás lo hubiera sido en otro tiempo. La delicada, casi transparente, piel de su tez y de sus manos recordaba el pálido brillo de la nieve en los primeros instantes de la mañana, justo al despuntar del alba; curiosa paradoja, pues ese era el momento preciso en el que el Príncipe se retiraba a sus aposentos, a los que nunca llegaba la luz. Oscura, densa y profunda era su mirada.

Había tenido también noticia de que la gente sentía horror a su paso, que se escondía y se refería a él llamándole el sanguinario, el “empalador”, el no muerto… aunque también, con más amabilidad y razón, el Señor de la Noche. Príncipe de las Tinieblas.

Era cierto. El Príncipe sembraba el desconcierto a su paso. Era tal la extrañeza que despertaban su presencia y sus costumbres que la incomodidad ante lo desconocido llevaba a los lugareños a hundirse en la ignorancia, en la superstición y en una absoluta falta de empatía. Así era como habían llegado a manifestarle una feroz hostilidad, molestándolo en sus sagradas horas de sueño, intentando clavarle estacas en el corazón o manteniéndolo despierto hasta la salida del sol para dejarle expuesto a la luz; sabiendo cuán peligrosa era su intolerancia a los rayos ultravioleta. Por no hablar de los crucifijos ardientes, el perfume de ajo, el agua bendita sulfurosa y unas cuantas supercherías más que tanto daño causaban al Príncipe y a sus amistades.

Ella, por el contrario, y quizás debido a la afinidad de caracteres, podía entender mejor que nadie los motivos de su comportamiento, en verdad, poco habitual.

No podía. No podía ser malvado quien se aparecía cada noche para rescatarla, aunque fuera en sueños, de la violencia de su vida. Sí, es cierto que en la vida del Príncipe también había violencia. Es cierto que clavaba sus largos y afilados incisivos en cuellos blancos y tiernos y bebía a sorbos la sangre caliente y viva, pero ¿qué más opciones tenía? ¿podía acaso elegir? Había sido condenado para toda la eternidad a vagar de noche y a dormir de día. No era pues extraño que sin el calor del sol, el Príncipe se hubiera alterado un poco. Está comprobado que la falta de luz solar produce melancolía, desánimo y hasta síntomas depresivos. Además, extrañas amistades puede hacer una saliendo siempre de noche. Eso lo sabemos todas.

Se le había prohibido tomar cualquier tipo de alimento: ni carne, ni pescado, ni pan, ni uvas, ni queso… que, por lo menos, saben a beso. Por no poder, ni tan solo vino tinto podía tomar, ni siquiera un poco de rosado, que es más pálido y menos denso. ¿No era acaso normal que estuviera resentido y tuviera el carácter airado, alguien condenado a una dieta tan monótona, privado de todo manjar?

¿Y lo del alojamiento?, eso ya era más que una infamia. Dormir de día, de acuerdo, otras muchas adictas a diversas sustancias, que no la sangre, practican esa costumbre… pero ¿por qué no una Queen Size?, ¿por qué un camastro incómodo y lúgubre… aquel ataúd frío y duro sobre un lecho de tierra húmeda de los Cárpatos? ¿Qué mente retorcida puede llegar a pensar que alguien sea capaz de decidir por gusto tal descanso, por lo demás, eterno? Era pues comprensible, que tras un largo día sin sol, mal alimentado y con reuma en los huesos, el Príncipe se levantara al ocaso de un humor de perros, o más bien, de lobos. Después de todo, era admirable cómo jamás perdía la compostura y hacía siempre gala de una refinada y exquisita elegancia, tanto en las ropas, como en los gestos y en el trato.

Ajustó el lazo blanco al final de una de sus trenzas mientras pensaba que no conocía un caso más claro de mala prensa. Cuando decidimos demonizar a alguien, ya puede tratarse del ser vivo, o muerto, más tierno y romántico sobre la faz de la tierra -o bajo ella-; no importa lo que piense, no importa lo que haga o diga; lo calumniamos, lo condenamos y lo perseguimos hasta acabar con él. ¿Será por qué a veces solo sentimos alivio destruyendo aquello que anhelamos y no podemos alcanzar?

Con la cara limpia y el cabello brillante y trenzado, sonrió ante el espejo y salió del aseo. Su madre estaba en el salón:

– Venga niña, que hay que ir a dormir… ¿ya hiciste los deberes? ¿Ya te lavaste los dientes? ¿Ya preparaste la ropa para mañana?… -le iba preguntando mientras le estiraba el volante de la camisa de dormir.

– Sí… sí… sí… –respondía la niña.

– Pues lista, a la cama. Tu hermana está dormida en la cuna, tu padre llegará tarde y el abuelo ¡sabrá dios!

El abuelo… Sí, solo dios sabe lo que los seres humanos no alcanzan a comprender. Quizás, el todopoderoso entendiera lo que el abuelo estaba haciendo, ¿quién más podría? Como siempre, llegaría tarde. Como siempre, con el humo del bar pegado al traje. Ebrio, como siempre.

La madre le colocó con cariño el embozo de las sábanas, le dio un beso en la frente y dejó la casa para ir trabajar. Aquel mes tenía turno de noche.

Se quedó sola, en penumbra y en silencio. Oyó los pasos de su madre, alejándose escaleras abajo y se puso a pensar con mucha fuerza en el Príncipe. Tenía que dormirse antes de que el abuelo llegara. No quería que la encontrara despierta. Podía hacerse la dormida, es cierto, a menudo lo intentaba, aunque sin éxito. El abuelo reconocía a la perfección cuándo dormía y cuándo no. El ritmo acelerado de su respiración la delataba. Dormida estaba a salvo, en los brazos de su Príncipe, el único que la entendía, con quien se identificaba en tantas y tantas cosas… el deseo de dormir durante el día, las escasas amistades, el sentirse como muerta y, sobre todo, el no sentir. Nada, ni alegría ni tristeza, ni gozo ni dolor. Nada. Muertos en un cuerpo vivo. Eso era lo que más los unía. Y de esa profunda comprensión nació la aventura, las largas charlas al amparo de la luna, los encuentros nocturnos en sueños. Si alcanzaba a encontrarlo a tiempo, la noche transcurriría plácida, sin sobresaltos. Sin la compañía del abuelo.

Las noches en que el viejo llegaba temprano, tras comprobar que estaban solos en la casa, solos con el bebe en la cuna, susurraba su nombre desde la puerta de la habitación: “Laura… Laura…”, así, bien bajito y con una dudosa dulzura en el tono. Se aproximaba a la cama, se sentaba despacio en el borde y se acercaba aún más a su orejita en la que volvía a susurrar: “Laura… Laura…”. Escuchaba el ritmo de su respiración… “No me engañes Laurita, se que no estás dormida…” y muy despacio, como si alguien más pudiera escucharlos, levantaba la sábana y entraba en la cama pegándose bien a la espalda de su nieta… “no te muevas Laurita…”

La niña no podía oír nada más que el desbocado e incontrolable latido de su propio corazón. Seca la garganta, las palabras se le escapaban lejos. Paralizada por el pánico, ni podía pensar en ordenarle a sus brazos o a sus piernas que se movieran. Quieta, se quedaba muy quieta, con un nudo en la garganta y otro en el estómago, tan quieta como podía, y volvía, de nuevo y con fuerza, a pensar en el Príncipe, para así, con la mente bien lejos de allí, dejar de sentir su cuerpo.

Pero aquella noche tuvo suerte. Cuando el abuelo llegó empapado de alcohol y de sudor, Laura ya se había marchado. Se encontraba en los Cárpatos, más allá del Collado del Borgo. Sentada frente al crepitar del fuego de una de las chimeneas del Castillo. Fortalecida y resuelta, conversaba con su Príncipe, sobre la vida, sobre la muerte y sobre la delgada línea que las separa.