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DOS CHICAS DE HOY O SIMPLEMENTE AMIGAS (Career Girls), de Mike Leigh

Revista de Estudios Feministas DUODA, núm. 16, año 1999
Cristina Mompeat Núñez

Ficha técnica. Dirección y guión: Mike Leigh. Productor: Simon Channing-Williams. Director de fotografía: Dick Pope, BSC. Música original: Marianne Jean-Baptiste, Tony Remy. Directora artística: Eve Stewart. Sonido: George Richards. Montaje: Robin Sales. Maquillage: Christine Blundell. Directora de producción: Georgina Lowe. Nacionalidad: Gran Bretaña. Año de producción: 1996.

Ficha artística. Hannah: Katrin Cartlidge. Annie: Lynda Steadman. Claire: Kate Byers. Ricky: Mark Benton. Sr. Evans: Andy Serkis. Adrian: Joe Tucker. Abuela de Ricky: Margo Stanley. Profesor: Michael Healy.

Aliados Annie, pelirroja de ojos azules, llega a Londres en tren para visitar a su antigua amiga Hannah, de un atractivo desgarbado, con la que compartió piso en Londres a mediados de los ochenta cuando ambas eran estudiantes universitarias. Las dos crecieron en el seno de familias disfuncionales de clase media baja y se retuercen en el interior de sus cuerpos intentando decirse, buscando vías de expresión para mostrar lo que se mueve en el interior de cada una de ellas con ansiada coherencia. La acción transcurre durante el fin de semana en el cual, cumplidos los treinta, viven y miran sus presentes recordando, minuciosamente, fragmentos de un pasado compartido, doloroso y conflictivo.

Dos mujeres y un solo nombre, Annie y Hannah, trazan en el pasado un camino que nace y se nutre de la diferencia que las ha llamado a unirse. Annie, se manifiesta vulnerable e insegura, Hannah se muestra compulsiva y hermética. Dos almas profundamente dañadas que crecen compartiendo un tiempo y una intimidad, movidas ambas por un deseo colmado de hambres y fantasmas, de grandes espacios interiores habitados por sentimientos contradictorios, esperando ser expresados por esa lúcida, aunque dolorosa alquimia, que se produce entre el cuerpo femenino y la palabra. Espacios movidos, desencajados, que buscan orden y referentes en lugares nuevos, distintos a los del patriarcado.

La pelicula me remite a la dificultad que muchas mujeres manejamos en poner en práctica la relación con otras mujeres. Cómo, para algunas, es tan difícil hacer de su relación con otras una medida del mundo suficiente y satisfactoria, sin llegar a desplazar el sentido único que la aprobación masculina puede dar a sus vidas.

Hannah y Annie se mueven -sin nombrar, sin finalmente dar el que sería el gran salto, el salto simbólico-, en el mundo del amor femenino. Se diría que inician un aprender a amarse y a admirarse pero sin llegar a otorgarle a esa relación, su relación entre mujeres, el lugar de centralidad que, aparentemente y sobre todo en el pasado -al cual nos remiten los continuos flashbacks-, continúa ocupando la mirada masculina sobre sus vidas.

No obstante, se desmarcan de la red que la heterosexualidad obligatoria parece haber tejido para que las relaciones entre mujeres continúen hundidas en los celos, la envidia, la competitividad absurda…, en fin, en una miseria simbólica que no abre espacios de libertad, que no trabaja otras maneras distintas de establecer una relación, que sigue bajo la visión parcial del mundo que concibe que la mujer existe siempre en relación con el hombre, una visión que ha percibido y percibe, de forma consistente, a las mujeres juntas como mujeres solas.

En Annie y Hannah se mueve el deseo de admirar a otra mujer, de amar a otra mujer, de reconocerle autoridad a otra mujer. Ambas viven a caballo, con la ansiedad que toda situación dividida produce, entre un mundo estrecho, parcial y que no les es propio, porque es el mundo que el patriarcado ha construido para ellas sin tener en cuenta sus deseos, y un mundo aparentemente nuevo, que empiezan a elaborar, modestamente, desde una necesidad propia y real de poner orden en un universo intimo y femenino.

Aunque la historia es algo triste -”aliviada” por breves pinceladas de humor sarcástico y corrosivo-, apunta, sobre todo en su parte final, tímidamente, hacia nuevas vías de libertad. Se aparta del desarraigo que en el pensamiento y en el mundo afectivo femenino puede producir la búsqueda incesante de la mirada de aprobación que pareciera aportar el patriarcado.

En realidad, el final podría ser un buen principio para otra historia o, mejor dicho, para el comienzo de una nueva etapa en la que Hannah y Annie pudieran reconocer total y auténtica autoridad en la mirada de la otra sobre su apariencia, sus sentimientos y sus mentes, reconocerse compañeras en la vida, sin rechazar a la otra ni rechazarse a sí mismas, intentando nombrar y concebir el mundo desde sí, desde sus cuerpos sexuados en femenino. Un mundo capaz de contener relaciones de libertad femenina.

Todo cambio de orden provoca, en un principio, desorden y una mediación así con otra mujer será, sin duda, fuente de conflicto. Pueden producirse nudos que atenazen la capacidad de acción, nudos que pueden desahecerse pero que también pueden hacerse cada vez más fuertes, más protectores o más ciegos, sin ver, o sin querer ver, más allá del propio dolor.

Para la otra, la que queda fuera de ese nudo pero, irremediablemente, forma parte del conflicto, es difícil encontrar una práctica con la cual sentirse cómoda. No se trabaja con algo tangible, sino que una se enfrenta a los fantasmas de la otra, a sus miedos, a sus inseguridades, a su desorden… Aunque una aparezca como la “víctima” del odio de la otra en realidad no es más que el medio para que ésta pueda expresarse, ese odio debería saber ser transformado en amor hacia ella misma.

No es fácil, pero yo apostaría por no cerrar nunca las puertas, dejar siempre abierto un mundo de libertades, -aunque éste pueda ser la causa de más dolor-, por no empequeñecer ni limitar nunca el espacio de la otra, dejar que se marche a otro lugar si ese es su deseo, pero que sea su deseo o su rechazo el que la aleje y ella sea consciente. No ofrecerle el terreno para que su odio siga creciendo. Respetarla, aunque ella no respete. Mostrarle que en el tipo de relación que tu buscas no tienen cabida sus fantasmas, a no ser que esté dispuesta a compartirlos contigo.